Ventanales
"Con seguridad fue una de las mejores cosas que pudo sucederme en aquel tiempo”- reflexiona tendido en el sofá/cama, mientras ve su rostro reflejado en la pantalla del televisor apagado – “…aunque de cierta manera ya nos conocíamos”- Un breve e inocente affaire en los primeros años de trabajar en la empresa. Ventana entreabierta.
F. huía de algo que no tenía mayor futuro, y que era sumamente dañino, para las partes involucradas. Fue precisamente escapando de un encuentro con esto –que no era ni más ni menos que una mujer-, lo que le llevo ésta insospechada vuelta de rueda.
La fiesta aniversario -que realiza todos los años el sindicato- tenía lugar el viejo salón de baile del bar “Sirena”. Gran parte de los trabajadores asociados se encontraba reunida. Suena música –preferentemente sonidos ska, pachanga, etc.- y sin duda lo más importante: vino navegado gratuito al por mayor. Sintiéndose incomodo, debido a su situación sentimental, opta por el autoexilio y no toma asiento junto a sus compañeros de sección. Deambulaba de un lado a otro, compartiendo con chicas de otros departamentos. Al empezar la ceremonia y las tradicionales competencias –todo muy dionisiaco-, bebía de una botella de ¾ de tinto, solo en una mesa. De sorpresa, M. se le acerca y descaradamente pide un trago, de mala gana F. le pasa la botella, se saludan. La ve de reojo: lleva pantalones negros, bototos de milico, y una polera blanca que trasluce un brasier del mismo color, y ese pelo negro que cae como una cascada en sus hombros. Cuando M. es sorprendida pasando la botella a una tercera, F. reclama por el hecho –pero en realidad finge exageradamente- inconscientemente quiere mostrarse más interesante, al final dice: “me da igual, quedensela”.
F. advierte que la gente de la sección está muy cerca de adjudicarse el premio gordo de la noche: 5 garrafas, y sabe que es una buena ocasión para salvar la noche junto a sus amigo. Concurso de karaoke. Suena “Devuelve a mi chica”, de los Hombres G, nadie más la conoce y en un pestañear esta en el escenario cantando, a su espalda siente la voz de M. que también canta. Ganadores. Amago de fiesta que no prende. Suenan los Cadillacs, M. coquetamente se le acerca. -“¿Bailamos?”- sin saber porque, F. le dice que no y se marcha al lugar donde se promete, aunque no baile ni música, bastante vino para beber. Va en compañía de una chica vestida de kimono.
Al llegar a aquella casa, típica del sector industrial, se junta con sus amigos. Ya no importa que aquella exalgo –presencia que le era poco grata- estuviera ahí. La chica del kimono va a con él. Comienza el destape de las garrafas, las cuales van como trompos de lado a lado. F. trata de buscar una señal con la del kimono, todo es inútil. Esta muy borracha como para darse cuenta de algo. No ha pasado un cuarto de hora, cuando M. aparece, junto a la misma chica con la cual había robado el vino de F. momentos antes, se sienta justo en frente. Trata de no darle mucha importancia, pero sin provocación alguna, cada vez que se la encuentra con la mirada, M. le hace el insulto del dedo. Le causa gracia. La chica del kimono, torpemente se levanta y se va. F. se dirige al baño, traspasando el ventanal, y la puerta corrediza de vidrio que separa el patio -donde se encuentran-, del interior. Al volver, F. y M. se cruzan, ella le lanza un par de improperios. Le sonríe, y le parece preciosa. De pronto siente el ruido seco de un golpe y al volver la cabeza, lea ve ahí en el suelo, sobándose el rostro con su mano. F. se acerco y entre risas le pregunta sobre como es que no se ha dado cuenta que ahí existe una puerta. M. exige que le ayude a levantarse, la acompaña para que se refresque, sin saber porque entran juntos al baño y la cerilla enciende la gasolina.
“De esto ya han pasado algunos años. Ahora soy yo, quien como una mosca se estrella con una ventana inexistente, esperando que ella coja nuevamente mi mano y me invite a bailar”- esto es lo que piensa antes de dormirse frente al televisor inerte.
